Estoy conociendo a alguien y por fin siento que puedo ser yo, sin filtros

Hay una sensación casi adictiva en las primeras fases de una relación: la de poder ser tú, sin filtros, sin juicios, sin miedo. Conoces a alguien y, de repente, hablar durante horas fluye. Te sientes comprendido, validado, interesante. Todo encaja con una facilidad sospechosa. Es como si hubieras encontrado un “sitio seguro” donde tu historia no solo se escucha, sino que se abraza. Y en esa atmósfera de entusiasmo y curiosidad mutua, uno baja defensas que llevaba años sosteniendo.

En esta etapa inicial, somos sorprendentemente generosos, tolerantes, empáticos. No juzgamos (o casi). Entendemos el pasado del otro, justificamos sus heridas, validamos sus decisiones. Si nos cuentan que han tenido relaciones complicadas, asentimos con empatía; si nos hablan de sus miedos, los sostenemos con ternura. La química y la ilusión funcionan como un filtro suavizador de la realidad. Todo tiene explicación, todo parece comprensible. Y eso crea una poderosa sensación de conexión auténtica.

Además, esto contrasta notablemente con la sensación de no haber sido visto o valorado en una relación anterior, porque si se acaba de atravesar una ruptura, en esos últimos momentos o en fases previas, existe una gran desconexión entre los miembros que acentúa el alivio de «por fin sentirte comprendido, visto o valorado».

Pero aquí aparece la otra cara de la moneda. Mientras sentimos que somos absolutamente nosotros mismos, también —de manera inconsciente— estamos mostrando una versión mejorada, pulida, “edición premium” de lo que somos. Es que estamos programados para eso, en la primera etapa de una relación afectiva, queremos que todo salga bien y la ruta más sencilla en nuestro mapa mental es sacar y potenciar todo lo bueno de nosotros. Por eso parece tan sencillo de repente hacer más deporte, salir más, ser más eficiente, prestar más atención al autocuidado… La bomba de hormonas que nos está inundando el cerebro hacen de inyección brutal en la motivación. Sentimos que podemos con todo. Nos esforzamos un poco más, escuchamos con más paciencia, gestionamos mejor el enfado, elegimos con cuidado qué partes de nuestra historia contar y cuáles dejar para más adelante. No mentimos, pero seleccionamos. No fingimos, pero optimizamos. Hasta que termina esta primera etapa, todos estamos, en cierto modo, en nuestro modo “gold”.

Y esto no es algo negativo; es humano. El problema surge cuando confundimos esta fase con la realidad completa del vínculo. Sentirse libre y sin filtros al inicio es maravilloso, pero la verdadera intimidad empieza cuando esa versión mejorada se relaja y aún así el otro decide quedarse. Cuando ya no solo entendemos, sino que negociamos. Cuando no solo validamos, sino que también ponemos límites. Ahí, más allá de la euforia inicial, empieza la relación de verdad.

Creo que la clave del éxito en una relación de pareja es, en primer lugar, ser consciente de que estamos experimentando una etapa del «super yo» en esa fase de enamoramiento, que algunas partes de nosotros no son necesariamente falsas pero sí están potenciadas, y en segundo lugar, saber y querer encontrar el equilibrio entre esa versión exclusiva y premium de mí mismo/a, y una versión cuidada para que siga aportando en positivo a la relación, yo pueda sentirme plenamente satisfecho de quién soy en compañía de la otra persona, y con un gran sentido del autoanálisis, para poder detectar cuáles son mis grietas y poder actuar sobre ellas.

Sin limitarnos pero sin dejarnos. Cuidándonos individualmente para poder cuidarnos al otro.
Sin filtros, tú mismo, pero sin salpicar al otro con su realidad más cruda.

¿Te has sentido alguna vez “sitio seguro” para alguien en esa primera fase y, con el tiempo, has descubierto que no lo conocías tanto como creías? ¿Su versión relajada te decepcionó?
¿O quizá has sido tú quien, sin darse cuenta, estaba en modo “versión premium”?

Te leo en comentarios. Porque entender cómo vivimos esa primera etapa puede cambiar por completo cómo construimos lo que viene después.